PASAJES DE LA GUERRA Y SUS PÚBLICOS

Al llegar, apenas conseguimos un sitio para aparcar. A ambos lados del camino de tierra, enlodado por las lluvias recientes, que aún no consiguieron aplacar la polvareda, los carros se amontonaban compitiendo por el poco espacio sólido disponible. Pero la cuestión no era sólo aparcar sino conseguir un hueco que al mismo tiempo nos permitiera salir de allí despavoridos si fuese necesario. Lo encontramos finalmente, jugando a aquello de “quién parquea de manera más creativa”.

A unos cien metros, en la cima y el lado frontal de la colina de Karaca (Karalla), cientos deKurdos contemplan Kobane personas,  entre ellas los dueños de aquel enjambre de coches desplegados al borde del camino fangoso, se congregaban expectantes. A unos pocos metros hacia abajo, una alambrada custodiada por la gendarmería, pone fin a suelo turco y avista un nuevo país que amenaza con estallar en mil pedazos y llenarse de nuevas alambradas y banderas.

A doscientos metros, el escenario: la ciudad siria de Kobane, tierra de kurdos, un pueblo sin nación y sin amigos al que una vez más le toca defender su espacio vital a base de utopía y metralla. A mi alrededor, los espectadores de la guerra, congregados allí para vivir lo que la impotencia y el espíritu de supervivencia les impide protagonizar del otro lado de la alambrada.

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Refugiados de la ciudad sitiada y kurdos de Turquía contemplan la resistencia con sus esperanzas puestas en Dios, en el aguante de sus milicias y de ser posible en las prometidas bombas de una coalición internacional que permanece tan perpleja como ellos.

Con el zoom de la cámara logro percibir pequeñas figuritas humanas que corren de un lado a otro y se atrincheran. El sonido de ráfagas de ametralladora nos confirma que están disparando. Desde nuestro campo de visión, el enemigo permanece oculto: la sombra negra del Estado Islámico, los asesinos más tarados y maléficos de la historia contemporánea, que se vienen abriendo paso a base de sangre y terror y que mientras tanto, nos dejan mirar.

Desde las pantallas de muchas pulgadas de sus televisores y computadoras, el mundo entero ha asistido al macabro espectáculo del Estado Islámico, amenazando, decapitando y sembrando el terror en nombre de Dios: Raqqa, Mosul, Sinjar, escenarios audiovisualmente globalizados, observados hasta la saciedad y el hastío, con ese morbo occidental que despiertan los villanos ajenos.

Pero parece ser que hay algo distinto en Kobane. A pocos kilómetros de lo que ya se considera “civilización” (Turquía), la guerra puede ser vista en vivo y en directo, sin pantallas mediadoras y con la endeble certeza de estar seguro del lado de acá de la alambrada. Además, en Kobane, el terror yihadista ha encontrado un rival heroico, que puede suponer el punto de giro de esta terrible tragedia con récord de audiencias.

En primera fila, los periodistas de las cadenas más pudientes, que se distinguen del resto por llevar chalecos antibalas, cascos, cuelleras protectoras y equipamiento despampanante. Entre el resto del público, los freelances y otros curiosos, como yo, se pierden entre la muchedumbre localIMG_1039, que apenas atina a reaccionar, siguiendo los combates y planificando posibles estrategias desde su exilio expectante y que de tanto en tanto, si se avista alguna columnita de humo en lo que aseguran es territorio del ISIL, se enardece en aplausos y consignas de victoria.

La realidad es que esa mañana desde la colina de Karaca, al menos para ojos desentrenados en la guerra, como los míos, no se podía ver nada claramente, si bien los congregados allí parecían intuir con detalles el desarrollo de los acontecimientos.

Horas antes, desde los alrededores de una sede de la gendarmería fronteriza en Mertismael, la guerra era bastante visible y el sonido de los morteros y antitanques, esparcido por la brisa mañanera, la hacía aún más cercana.

Allí llegamos en compañía de Faruj, un kurdo de Kobane refugiado con su familia en territorio turco y que se nos unió en medio del camino para “ir a mirar”. Desde Mertismael, se entiende que Kobane es una ciudad como otra cualquiera, como la tuya o la mía, y no el territorio descampado y agreste que se observa en Karaca. Casas, edificios, instalaciones, cultivos, están a plena vista desde este otro país a menos de quinientos metros. En una zona cercana a la alambrada, del lado sirio, cientos de autos abandonados forzosamente por los refugiados, a la hora de entrar en suelo turco, refuerzan la sensación de muerte y abandono del conglomerado urbano del fondo. Pero el ruido constante de la metralla y alguna que otra figurita humana en movimiento perturbador se encargan de recordarnos que allí se combate por la vida.

-“Míralos, allí están. Esos son del ISIL”- me indica uno de los kurdos a mi lado. “Parece que están huyendo”, supone, y la voz se corre entre todos, con un tono esperanzador. Pero no sólo la guerra, la pérdida, el exilio, la muerte, impregnan el ambiente de tensión. Cuando el público de este lado parece empezar a alborotarse, salen del cuartel los soldados turcos y comienzan a desplegarse, armados, ante la multitud, de forma amenazante. Ya todos conocen la rutina. Durante estos días ha habido sucesivos ataques con gases lacrimógenos como martillazos de un juez pidiendo orden en la sala.IMG_1301

Los soldados turcos son otra clase de espectadores de este drama. Con prismáticos y mirillas telescópicas, pueden distinguir mejor la guerra y si quisiesen hasta podrían plantearse cambiar el final. Son, digamos, espectadores más disciplinados y parsimoniosos, como críticos de cine, deslumbrados por la forma y la hechura más que por los giros dramáticos del guión.  Los kurdos, a mi alrededor, aseguran, de hecho, que a los soldados turcos, más que espectadores, podría considerárseles parte del staff de producción.

Mirando KobaneMientras tanto, Kobane sigue allí, al otro lado de la alambrada. Continúan los sonidos terribles de la guerra, y a su alrededor, un reality show sin parangón se sucede en vivo y en directo. El malo es tan horriblemente malo y la resistencia kurda tan jodida y heroica que todo parece una película mala de Hollywood, de esas que repletan los cines, sobre todo si está disponible en 3D.

Varada entre una torva de perplejos espectadores que conversan, fabulan y se piden cigarros, me cuesta procesarlo, entender que allí, ante mis ojos, está la realidad pura y dura. Pero cuando ya me dispongo a largarme, hastiada de contemplar la muerte, un desconocido me recuerda que hay muchas maneras de mirar. Con cara de espanto pero sin dejar de saludarme cortésmente, me pide, por favor, la cámara para echar un vistazo con el zoom. “Es que mi hijo está allí –me cuenta- …si tan solo pudiera verlo”.

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