LA TRAGEDIA DE ANTÍGONA O LOS MUERTOS QUE ESPERAN EN SIRIA

Aziz Guler

Hace poco más de un año, en noviembre de 2014, Aziz se presentó en el teatro de Kadiköy en que su hermano daba forma a su más reciente obra. Vio el ensayo, conversaron un rato y se marchó. Fue la última vez que se vieron.

Tras unas dos semanas desaparecido, la familia consiguió arrancar la primera información creíble de algunos de sus amigos más cercanos que conocían su paradero: Aziz se había largado a Siria a combatir al Estado Islámico.

Ersin Umut, su único hermano, unos años menor, cuenta cómo intentaron comunicarse con él, enviarle mensajes, convencerle de que regresara con ellos a su plácida vida en Estambul. “En el fondo yo sabía que no iba a volver. Yo lo conocía, conocía su determinación, su carácter”.

Pero tras el atentado de Suruç casi lo logran. Mientras huía de los gases de la policía en una protesta en Estambul el mismo día de la explosión, Ersin recibió una llamada de su hermano. No dijeron nombres, hablaron en clave. Aziz estaba preocupado por su novia. Sabía que desde hace un tiempo ella quería entrar en Siria para verle, a través de Suruç. La conversación fue breve y entrecortada por las toses del gas lacrimógeno y la larga distancia. Su novia estaba a salvo, lo tranquilizó Ersin. Obcecado y conmovido por la tragedia, Aziz confesó a su hermano que quería volver, pero solo después de liberar la zona fronteriza de la influencia del Estado Islámico e impedir que pudieran acceder libremente a suelo turco.

Sus deseos no se cumplieron. El 21 de septiembre de 2015 el Capitán de las BÖG -Fuerzas Unidas por la Libertad, organización formada en Kobane en diciembre de 2014 e integrada por militantes de diversas organizaciones izquierdistas de Turquía que luchan junto a las Unidades de Protección Popular (YPG) kurdas- Aziz Güler, de 27 años, murió por la explosión de una mina, a unos treinta kilómetros de la ciudad de Serekaniye.

Ni aún después de muerto su familia ha conseguido traerle de vuelta a Estambul. Un “comunicado verbal” de la oficina del mismísimo Primer Ministro llegó al Gobernador de Suruç, en la frontera con Siria, con claras órdenes de no dejar pasar su cadáver a suelo turco. No hay pruebas, no hay leyes que respalden dicha decisión. Al respecto la legislación turca sólo cita una excepción para casos de epidemia. Pero el parte médico asegura que el cuerpo de Aziz, esperando en una nevera de la morgue de Qamishli, no alberga ninguna. No hay nada vivo en él.

Según declaraciones de los abogados de la familia Güler, desde el inicio de la guerra en Siria más de 300 cuerpos de ciudadanos turcos han sido trasladados a Turquía. Sin embargo, en los últimos meses deben haberse recibido órdenes de prohibir su entrada al país, tanto desde Siria como desde Iraq, pues se han reportado varios casos. Otras decenas de combatientes compañeros de Aziz corren su misma suerte y sus seres queridos han tenido que conformarse con darle sepultura en suelo sirio. Pero Aziz no descansa. Tampoco lo hace su familia, que ya acudió a la Corte Constitucional de Turquía, el 1 de octubre, sólo para ser rechazada bajo el alegato de que la decisión gubernamental “no presenta una amenaza real a la integridad material y no material de los demandantes”.

Por esta razón, la familia ha llevado el caso ante la Corte Europea de Derechos Humanos, el Comité Europeo para la Prevención de la Tortura y la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Ahora solo queda esperar que el apoyo internacional interceda para reunirse finalmente con su hijo.

“No hay ley, decisión o regulación que pueda sostenerse en contra de la dignidad humana. Déjennos vivir nuestro dolor. Todo lo que queremos es que nuestro dolor sea respetado”, reza una carta abierta de la familia Güler.

A un año de su último encuentro, Ersin Umut presentó su obra en el pequeño teatro municipal de Kadiköy. Le parece ver a su hermano riendo en la platea, pero el público que asiste esa noche más bien llora, conmovido por la historia de Aziz -a quien le han dedicado la función- y en respeto al dolor de la madre, también presente.

Mientras Aziz espera al otro lado de la frontera, Ersin no puede creer que el odio y el extremismo de un gobierno hayan reservado para él el gran rol de su vida: la tragedia de Antígona, vivida en carne y hueso, casi 3000 años después de Sófocles.

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