La Habana, mi amor…

…La Habana de Cecilia Valdés, la de José Martí, la que fue inglesa por un año, la de Félix Varela, la del capitolio, el malecón, el túnel, la joyita de la Cosa Nostra, la de Portocarrero, Capablanca, la de Bola de Nieve y Yarini… vamos a La Habana, mi amor, ven conmigo a caminar por el Prado, a tomar la lanchita de Regla, a escuchar el cañonazo de las nueve y enamorar al Malecón…

La Habana, Palacio Presidencial

Foto: Juventud Rebelde

La Habana es, sin dudas, encantadora. Es una de esas ciudades con magia, con swing, una de esas ciudades que respira, que está viva, despierta. La Habana es el ojo del caimán, el ojo abierto de un caimán dormido, o más bien, entumecido. Como dicen algunos, Cuba es la Habana, y lo demás… áreas verdes.

 Y puede que tengan razón, por mucho trabajo que me cueste aceptarlo. Como toda capital, La Habana acapara las mejores opciones, los más grandes eventos, las más claras oportunidades. Si bien el resto del país se ha desarrollado en materia de salud, educación y cultura como para ser “independiente”, existe un estigma de inmovilidad e impotencia que marca la vida provinciana de Cuba, en especial en el plano económico y profesional. Es por ello que todo el que puede (y aquí la palabra “poder” no es circunstancial) hace como yo: recoge sus tiliches y se larga a probar suerte “pa’ la poma” (ni idea de por qué le dicen así).

Hasta el momento mi historia no tiene nada de especial, nada que no se parezca a la vida de cualquier joven con aspiraciones y sueños (es casi redundante) en cualquier parte del mundo: el delirio citadino, la sed de gentío, la partida a la capital. Pero he omitido un pequeño detalle: lo que a todas luces podría verse como la clásica aventura de una joven emprendedora, por macabros mecanismos puede convertirse en un delito.

Antes de que algún malpensado ponga en duda mi integridad, aclaro: irse a La Habana por pura voluntad, sin razones de peso digamos “convincentes”, como mudarse con los padres o contraer matrimonio, es sencillamente ilegal.

El 22 de abril de 1997 se emitió el Decreto No. 217 sobre “Regulaciones Migratorias Internas para la Ciudad de La Habana y sus Contravensiones”, que establece una serie de requisitos a cumplir por los residentes de otros territorios del país que quieran trasladarse de forma permanente a la capital. A partir de entonces varias zonas de La Habana (las más pobladas o las más exquisitas) se declararon “congeladas” o “controladas”, por lo que para tramitar un nuevo ingreso interviene hasta el Ministerio del Interior, que va a los barrios haciendo averiguaciones y confirmando que la excusa para el traslado sea cierta.

Para evitar hacinamientos y daños (se sabe de pequeños apartamentos o solares en los que viven cientos de personas, en especial en La Habana Vieja, en donde muchos edificios, además, se están derrumbando) se exige también un documento expedido por las Direcciones Municipales de Arquitectura y Urbanismo en el que se certifique que la vivienda donde uno pretende residir con carácter permanente tiene las condiciones mínimas de habitabilidad y cuenta con una superficie techada habitable no inferior a 10 metros cuadrados por persona.

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Foto: El Santo Claro

Después de todas estas confirmaciones, documentos y papeleos que exigen días de gestión, los gobiernos municipales dan o no su aprobación y con ella se tramita ya el cambio de dirección en la Oficina del Carnet de Identidad; requisito número uno de cualquier trabajo en la capital; razón por la cual hay que pasar por todo este purgatorio burocrático si se quiere conseguir empleo en el paraíso habanero… y pasar con suerte.

En mi experiencia personal tuve un primer intento fallido: en la casa de mi familia, que iba a acogerme legalmente para darme la dirección, solo cabían tres personas y media, según el arquitecto de la comunidad, y habían tres, así que después de pensarlo con detenimiento, decidí que prefería seguir pasando por entera que vivir en La Habana. Pero ya para el segundo intento, con la suerte de tener una de esas amigas-madrinas-tías que uno conoce desde que nació y que además tiene una casa enorme en una zona no tan complicada, todo salió mejor, y aunque tardó como dos o tres meses, no hubo mayores contratiempos que el de torear al Arquitecto de la Comunidad para que viniera a hacer su dichoso dictamen.

Pero he de reconocerlo, fui una afotunada. Conozco casos más pintorezcos, como el de un joven periodista que estuvo todo un año haciendo trámites, dando viajes desde Santiago de Cuba para garantizar su legalidad antes de poder buscar trabajo en alguno de los medios de prensa nacionales. En el camino recibió tentadoras ofertas: 200 o 300 cuc por un carnet a su nombre con la ansiada dirección en La Habana… pero no los tenía, así que tuvo seguir el procedimiento regular con todo sus contratiempos y gastos.

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Foto: Con el Santo Claro

Por otra parte, esos conflictos los hemos tenido aquellos que pretendemos trabajar legalmente en la capital de “casi todos” los cubanos; hay otros cientos o miles que no tienen dirección habanera y viven del negocio callejero, hacinados en cuchitriles en peligro de derrumbe y con posibilidades de ser retornados a sus lugares de origen. Me pregunto si vale la pena…

Vamos a La Habana, mi amor, a La Habana en coche, en botella, a pie. Vamos a montar en un P4, con lenguaje de adultos, sexo y violencia. Contemplemos las fachadas raídas, los edificios desvencijados. Admiremos la corrosión del salitre, los basureros. Vamos a La Habana, mi amor, a la Habana del fula, del mercado negro, a La Habana de la lucha y el yuma, a la Habana promiscua, del solar y el aché, a La Habana de las sábanas blancas colgadas en los balcones, a La Habana borracha, profunda.

Ante semejante conflicto migratorio interno, como parte de las políticas de actualización del modelo socialista cubano, a finales del pasado 2011 se modificó el Decreto 217, con una flexibilización que beneficia a los esposos, hijos, padres, abuelos y nietos de propietarios de viviendas en La Habana, así como a personas incapacitadas físicamente; pero ésto sigue siendo insuficiente y aún no son “todos” los cubanos los que pueden vivir en su capital.

Si bien estas medidas son absurdas e incomprensibles, cierto es que el país se ha visto en situaciones desesperadas con olas migratorias hacia la capital de sectores marginales que generan focos de delincuencia, criminalidad y precariedad. En los alrededores de La Habana existen varios barrios de “llega y pon”, en donde viven cientos de familias que de mil maneras se autoagencian voluntariamente el suministro de agua, energía eléctrica, y su llegada se traduce en nuevos problemas sociales y económicos. Pero son precisamente estos casos los que menos se preocupan por tener sus papeles en orden, pues no buscan un empleo regular, por lo que una vez más estas prohibiciones no solo son absurdas, sino que ni siquiera resuelven verdaderamente el conflicto en cuestión.

De cualquier manera, la cosa no está solo en llegar, si no en quedarse. Una vez sorteadas las trabas estatales vienen las económicas, que son mucho más rotundas: la ilegalidad de los alquileres más baratos hace que te puedan echar a la calle de un momento a otro, la competencia con estudiantes extranjeros y el lumpen flotante vinculado al mercado negro y al turismo ha encarecido las rentas hasta precios exhorbitantes que el salario promedio de un profesional cubano no sueña pagar.

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Foto: Con el Santo Claro

Sin embargo, en La Habana nos quedamos y pa’ atrás ni amarrados. Los que conseguimos cruzar la barrera, tener una renta estable y vivir de alguna manera mágica e inexplicable que no descifraría un premio Nóbel de Matemáticas, hacemos de ella nuestra segunda ciudad y empezamos a profesarle el extraño amor de los sobrevivientes, el apego cómplice del triunfo de nuestras voluntades.

Nos vamos a La Habana, mi amor, porque sí. A La Habana de Cecilia Valdés, del solar y el aché, de las sábanas blancas colgadas en los balcones. A La Habana desvencijada y hermosa, a la Habana corroída y despierta, culta y prosaica. A La Habana de Félix Varela y José Martí, de la escalinata, de la juventud, del malecón, La Habana de Portocarrero, de Capablanca, la de Bola de Nieve y Yarini, La Habana del P4 y la Fraternidad, la del lenguaje de adultos, la del mercado negro. Nos vamos, mi amor, a La Habana prohibida, porque sí…

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4 respuestas a La Habana, mi amor…

  1. Jose dijo:

    Jajaja muy buen comentario…. vengo de Camaguey, pase por Santa clara (UCLV) y termine en La Poma como dices y claro, me ayudaron unas buenas personas de Quiebra Hacha para el cambio y poder coger beca en 12 y Malecon jajaja pase las de Cain para cambiarme de Camaguey a Quiebra Hacha y posteriormente otra vez para pasar de Quiebra Hacha a Guanabacoa….. por dios…. nada de lo que cuentas es mentira, lo vivi en carne propia. Saludos y me encanto esto jejeje.

    • admin dijo:

      Sí, he oido taaaantas historias!! Una amiga mía tuvo que casarse y todo 😛 Por cierto, ¿dónde está Quiebra Hacha, compadre? Nunca había oído de ese paraje alternativo entre tantos otros que se suelen escoger para el traslado a la Universidad de La Habana, con beca!! jaja

      • Jose dijo:

        Jajajaja, pues tampoco y lo había escuchado hasta que un amigo menciono que tenía parientes allá y resulto ser un pueblo perteneciente al Mariel. Mucha suerte tuve al encontrar al socio con esos parientes en el campo jejeje. Yo no tuve que casarme pero a la del municipio si le dijimos que mi mama se venía a vivir con su concubino que resultaba ser el tío de mi amigo, y era más menos como la canción, 40 y 20 aunque era más menos como 50 y pico y 30 y pico. Nada, una mentirita piadosa de la que papi jamás se enteró porque de seguro me decía algo, porque su jevita aunque fuera de 50 y pico nadie se la toca jeje.

  2. Reinier G Menendez dijo:

    Asi mismo!

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