AL NORTE DEL MURO

Con solo poner un pie fuera del avión ya se hacía obvio que andábamos en latitudes extremas. Del calor sofocante de San Petersburgo al viento enrarecido y gélido de Múrmansk. Llovía. La mañana parecía una tarde traspuesta.  Era la bienvenida al Ártico.

En la península de Kola, Múrmansk, la ciudad más Murmansk: Trolleybus№6grande del planeta al norte del Círculo Polar, pareciese detenida en el tiempo: sus anchas avenidas, sus trolebuses de colección, las fachadas mohosas de mastodónticos edificios que hoy anuncian un nuevo restaurante de sushi, al lado de una placa que recuerda el honor de los marineros soviéticos.

Con una avenida principal que mide el pulso de la vida en la ciudad, el rostro de Múrmansk me resultaba familiar, supongo que por esas estructuras urbanas pueblerinas que predominan en Cuba. Al principio, no parece muy distinta de Pinar del Río, una Pinar del Río en escala de mapa con fracción propia.  Pero hay un detalle que entonces desconocía y que agiganta a la ciudad como una mutación: el mar, ese puerto neblinoso y humeante, que alimenta y abriga a miles de bocas y cuerpos del Ártico.

«En la península de Kola, Múrmansk, la ciudad más grande del planeta al norte del Círculo Polar, pareciese detenida en el tiempo»

Recostada sobre un fiordo, Múrmansk fue un punto estratégico pretendido por la Alemania nazi durante la guerra, pues implicaba una estocada mortal en la cabeza de Stalin y básicamente, porque ese puerto que nunca se congela sería la llave del Ártico y por tanto del abastecimiento de toda la región. Desde Finlandia llegaban las bombas de Hitler. La ciudad fue destruida, el cerco cada vez más intenso, pero Múrmansk nunca pudo ser doblegada y hoy luce cientos de estatuas y obeliscos que conmemoran aquel heroísmo soviético sin parangón; como la de Alexander, un joven soldado que se sacrifica con un bombazo para impedir la entrada de los alemanes, o las dedicadas a todos aquellos que murieron cumpliendo su deber. La figura de Lenin –y no Lennon- es casi omnipresente, la calle principal lleva su nombre en femenino y estatuas y tarjas le agasajan en esquinas y parques.

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Pero si de estatuas hablamos, nada comparado a la del gigantón Alyosha, que sobresale en un promontorio desde donde se divisa toda la ciudad. A sus pies, un llama eterna y la mirada de mártir perdida por encima de los fiordos. Alyosha es de otros tiempos, su porte y sus más de 35 metros de altura lo delatan.  Pertenece a los años del gigantismo soviético, que en Múrmansk han dejado una huella imperecedera. Alyosha es un rey del pasado, un rey del norte que se levanta sobre los humanos del ártico como un volcán, hermoso, temible y antiguo.

Pero ya no se veneran las estatuas con fervor. En una de ellas encuentras un vaso de vodka de la noche anterior y el perro de bronce de los gloriosos soldados soviéticos hoy luce unas gafas de sol que algún trasnochado le donó hace tres días. Pero siguen ahí las estatuas, erguidas, con su cuota justa de dignidad. Son parte de la vida diaria, compañeras de juerga y de memoria. No se olvida.

«Tras el heroísmo de la segunda guerra mundial, Múrmansk fue epicentro de una guerra helada, más que fría».

Tras el heroísmo de la segunda guerra mundial, Múrmansk fue epicentro de una guerra helada, más que fría. Rompehielos atómico "Lenin"El rompehielos atómico Lenin aún reposa en el puerto y se puede

visitar, un símbolo viviente de la conquista del Ártico y el poderío soviético. Entonces, estas latitudes albergaban a la flota del norte con sus más de 170 submarinos atómicos, cargados de misiles intercontinentales. Entonces, había vida, y sobre todo, una presunta amenaza de perderla en cualquier momento, que de alguna manera le otorgaba cierto encanto a la cotidianidad; un encanto a la rusa, al estilo de esos mismos que inventaron la famosa ruleta.

Hoy, Múrmansk es una especie de morgue y cementerio de antiguos reactores nucleares que esperan ser desmantelados.  Muchos habitantes se han largado en busca de empleo y mejor vida, lejos de su letal estercolero, que en los años 70 y 80 vertiera a los mares de Barents y Kara varias toneladas de líquido radioactivo, entre otras basuras nucleares, por los alrededores de la isla Nova Zemlay, isla laboratorio que vivió explosiones más potentes que Hiroshisma y Nagazaki.

«La principal lucha global en el ártico en la actualidad es precisamente por el control de sus recursos naturales».

Pero si bien las principales potencias mundiales buscan salidas a esta situación, en la que también están implicadas, la principal lucha global en el ártico en la actualidad es precisamente por el control de sus recursos naturales. Ante el desgarrador panorama del deshielo, los dueños del mundo no ven más que nuevos yacimientos y rutas comerciales. A pocas horas de Múrmansk yace la plataforma de extracción que convirtió a Rusia este año en el primer país en sacar petróleo del Ártico.

Estoy al norte del muro, pensé varias veces, tonteando con posibles analogías a Juego de Tronos. Pero los habitantes del Ártico ruso distan de ser “salvajes” y a diferencia de los capitalinos moscovitas, es más frecuente que sepan inglés y les hace gracia comunicarse con los “forasteros”, tal vez por la simple curiosidad de saber qué los ha traído a esas tierras. Estoy al norte del muro, pensé varias veces, al respirar ese aire de zozobra y olvido.

Cuando es verano al norte del muro, las noches son blancas y el clima es cálido pero fresco y cambia de momento con la lluvia. Nunca oscurece, y los habitantes aprovechan los meses de luz y calor bañándose en los lagos (helados para mí), paseando por las calles y emborrachándose en los parques y bares subterráneos. Se extroversionan, se divierten, se apertrechan de luz, porque, oscuro y largo, winter’s coming.

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